junio 01, 2009

Superstición racionalista

Superstición racionalista. ¿Qué demonios significará término tan inquietante? Si la superstición es la creencia ajena a la fe y contraria a la razón, ¿cómo definir un término de dos palabras que se contradicen por sí mismas? ¿Será acaso que la palabra racionalista dota de razón a la creencia y entonces abandona tal condición y se convierte en ciencia? En dado caso, ¿no se denuesta así el término ciencia? Y quien lo hace, ¿no apuesta más bien por la superstición o la creencia? ¿Será acaso un charlatán que, errante entre sus amigos, siembra toda clase de chapucería nacida de la ignorancia más que del dolo? O por lo menos eso quiero pensar. Grande sería mi desconcierto al descubrir que un amigo mío me ha querido vender quincalla, arguyendo que es un gran tesoro. Grande.

mayo 20, 2009

Plegaria

Plegaria

20 de mayo, Zócalo por la mañana.

abril 28, 2009

abril 28

Ayer esperaba un libre para volver a casa. Un vocero pregonaba que con cinco decesos más el transporte público sería detenido. La calle estaba menos vacía que hoy. Volvía del médico. Una semana antes había tenido lo que parecía un ataque de gastritis: un dolor atroz en la boca del estómago, la presión arterial en niveles altos y mi temperatura corporal en los 39º Celcius. Gastritis fue el primer diagnóstico. La presión arterial recuperó su normalidad, el dolor abdominal disminuyó y la fiebre continuó. Cinco días después el médico seguía preguntándose por qué la calentura no cedía. Durante esos días mi alimentación fue magra e insípida. No salí a la calle, estuve en cama y mis salidas fueron únicamente para consulta médica. No tenía el menor ánimo para leer, conversar o mirar el televisor. Como antes, como hacía muchos años antes. Aunque por las mañanas buscaba afanosamente seguir mis feeds habituales. Leía titulares y noticias destacadas. El viernes me topé con una alerta a la población en general debido al brote de una influenza desconocida. A pesar de mi estado salí a arreglar un asunto laboral. No veía las calles. Iba perdido en mis dolores. Cometí mi empresa y volví. Llegué puntual a la hora del medicamento. Y a la comida. Alimento sin sal ni conservadores. Consomés ligeros, vegetales al vapor y papaya. Sin condimentos ni sazones. Sin nada qué degustar. No había necesidad. Mi cuerpo ardía y no me interesaba comer. Apenas si probé bocado alguno. La tarde fue en verdad terrible. Al día siguiente me presenté nuevamente con el médico y prescribió analgésicos y antigripales, pues no había muestra fehaciente de una infección estomacal. Aburrido, dopado, febril y adolorido vi pasar dos días que en casi nada cambiaban frente a los anteriores. La vida como un trozo de carne ardiendo. Pensando en mi vida. Mi vida y su sentido. Ítaca recurrente, donde lo asombroso se ha dejado ver al paso del tiempo. Dos días que fueron de silencio y quietud que entendí hasta el día siguiente en que salí. La calle a punto de estar sin nadie. Y el médico que defiende su diagnóstico mientras levanta el tono de voz y mancha con saliva su cubrebocas y manotea en el aire. La fiebre no me abandonaba. Volví a casa y luego al trabajo por un momento. Busqué el número de otro médico que escuchó y atendió tan pronto como hube llegado: inflamación renal. Me sentí tranquilo. Medicado y aún febril me di cuenta de lo solitario que la ciudad se había vuelto. Pero no, no lo veo aún, no todavía.

marzo 19, 2009

Salón del Libro

Esta crónica me la envían desde París.

Un día en el Salón

—El Conde de Clignancourt—

Pues vaya que les salió bien el numerito del Salón del Libro de París: quién iba a pensar que en 6 días irían casi 200,000 almas para establecer un récord de asistencia. Por supuesto, ahora dirán que la palabra México tuvo mucho que ver en ello. Vaya que somos oportunistas. Sin embargo, la versión de la prensa francesa parece la correcta: en tiempos de crisis los franceses ven en los libros una suerte de refugio (o evasión), tan es así que en Francia ningún sector de la cultura ha sido tan refractario a la recesión como la industria editorial. Y con sombrero ajeno, salimos viento en popa.

Quienes vivimos en esta ciudad apestosa, siempre estamos en espera de una oportunidad para abandonarla aunque sea por unos días y aunque sea a los destinos y con las gentes más aburridas del mundo, como puede ser Bielefeld y como pueden ser los parientes de la conyuge propia. Y así catafixié el fin de semana fuerte del salón por el tedio más gris de Westfalia. Después de todo, la feria iba a ser más de lo mismo: los escritores de siempre, los consabidos desplantes, los puntuales aplausos, la literatura oficial… Pero aún quedaba un día, y en ese día, a las 14:00, en la sala André Malraux, ahí estaba Alvarito Enrigue vestido, mucho me temo, en Zegna (y esto sí que me da coraje pues, pese a la alcurnia, a mí la vida no me ha dado, y quizá no me dará, para vestirme en Zegna.), ahí estaba Alvarito, pues, presto a darle con el jarabe mandibular que es lo suyo, además de vestirse bien, no en vano GQ México ya le dio un premio al respecto. Alvarito sabe hablar, y muy bien, difícil diferenciarlo de un comunicador: “La novela es muy parecida al genoma humano, en el sentido de que está compuesta mayormente de basura.” “La novela es como el cubo de Rubik, hay que irlo armando hasta conjuntar las superficies de un solo color.” “Estoy en una situación muy cómoda [respecto a los escritores del Crack]: mientras ellos cargan con la tradición de la literatura mexicana, yo escribo libros.” Pero el confeso enfant gâté de la república de las letras es un burgués incorregible, claro, como vive en Coyoacán y da clases en la Ibero, tiene una visión bien pink del DF, al grado de aseverar que es una ciudad tranquila, tanto que lleva a su hijo en bicicleta a la guardería sin preocuparse ni tantito de que los vayan a decapitar. Un happy writer hecho y derecho, para acabar pronto. Y de estos vinieron varios. Se ve que les dieron línea para no espantar a los franceses con lo que está pasando en el país.

Mario Gonzáles Suárez pudo haber hablado más duro al respecto, no lo hizo quizá porque no se lo preguntaron y su plática, que siguió a la de Alvarito, se concentró en su obra. Sensata su clasificación de escritores: “hay escritores intelectuales y escritores artistas: el intelectual tarde o temprano trabaja para el poder político pues suscribe la misma versión de la realidad que los medios y el poder, sin riesgo alguno; el artista, en cambio, corre el riesgo de indagar en qué consiste la realidad.” Según él, a los jóvenes escritores les está costando entender que ser escritor es riesgoso. Mientras me aburría en Bielefeld, quizá otros autores como Sergio Gonzáles Rodríguez o Fadanelli acaso hayan hablado también a contracorriente; el mismo Carlos Montemayor o José Agustín o Manjarréz pudieron haberlo hecho, pero quién sabe, puesto que fue Mr. Fountains el primero en decir que el asunto de la violencia en México estaba exagerado, quizá los demás se alinearon so pena de ser congelados.

Ese día vieron también su hora al sol Alain Paul Mallard y Guadalupe Nettel, dos chicos bien french, que en tremendo francés hablaron de lo suyo. Lo malo fue que me aburrí —lo francés nunca ha sido lo mío— y me tuve que salir. (Por cierto, prefiero leer a Yoko Ogawa que a la Nettel.)

Esa misma noche había un cóctel de la fundación Pernod–Ricard pero decidí, a manera de sufragar mi ausencia de los días fuertes del salón, ir al Cervantes a una mesa llamada “L' heure actuelle de la narration mexicaine”. Sada, García Bergua, Christopher D. M. y Enrigue que llegó faltando cinco minutos para el final. Difícil hablar en hora y media de algo así, de modo que se avocaron a hablar de la obra de cada uno con super Christopher como puntal ratificador. Me hubiera largado al cóctel, al menos habría tenido alcohol de primera y chicas banales; además, Ana García Bergua no dejaba de asentir con todo el cuerpo, cualquiera diría que tenía Parkinson, y ese tic como que interfirió la ponencia, al margen de que ella misma no aportó mucho a la mesa, el mismo moderador no parecía muy contento. Al ser inquirido sobre la situación actual de la crítica en México, super Christopher dijo que, paradójicamente, la situación era crítica pues está muy descuidada y a nadie le interesa hacer el papelón; de hecho uno de sus sueños es que alguien lo soborne como crítico, pero ni eso ha ocurrido pues nadie presta atención.

En fin, el Salón del Libro de París es algo muy recomendable, sobre todo para ligar pues acá todo el mundo lee y por momentos los vastos pasillos del recinto se insinúan en pasarela. Y si a uno le gustan los libros pero anda corto de napoleones, pues lo más pertinente es, como diría Shakespeare (¿o fue Woody Allen?), to mingle and not being single… De modo que el último día del salón, ya sin actividades en torno a la literatura mexicana, ésa fue la apuesta, con resultados bien curiosos pues era miércoles y en Francia ese día no hay escuela…

marzo 14, 2009

Apuntes de un escritor malo

Aquí el blog de Mauricio Bares, Apuntes de un escrito malo. Ampliamente recomendable

febrero 26, 2009

El país de la mordida

No es que no seamos originales, es que todos llegamos a la misma conclusión. Aquí un cartón del caricaturista Fisgón, tomado del diario en que publica.

febrero 13, 2009

Frivolidad

Cartón de Helguera.

enero 26, 2009

Breves

Cae el Fiscal de Hierro.



Titulares de un día cualquiera, éste, el país de los corruptos.

enero 21, 2009

Tripulación nocturna

Tripulación nocturna es un programa de Radio Efímera, que se realiza en colaboración con Palabras malditas. Trabajo sumamente interesante, el del programa que funciona también como Podcast, en el que se charla con personalidades de las letras.

Dejo aquí el enlace de una conversación que sostuvieran con el escritor Abdón Flores, sobre moda y literatura.

enero 08, 2009

Lectores del no

En Bartleby y compañía, Enrique Vila-Matas habla de los escritores del No. Siguiendo la gran frase "Preferiría no hacerlo" del Bartleby de Melville, Vila-Matas documenta a su entender las razones por las que algunos escritores dejaron de escribir en momentos culminantes de su producción. Entre otros menciona a Arthur Rimbaud, Juan Rulfo y J.D. Salinger. Así como existen escritores que en algún momento abandonaron la escritura por motivos misteriosos (en el caso de Rimbaud no tanto, pues descubrió que traficar armas y esclavos le retribuiría más dinero que hacer versitos), hay otros que se distinguen por su firmeza para evitar leer ciertos textos. En una sociedad globalizada en la que lo más importante son las apariencias, los lectores del No son aquellos insignes personajes que se niegan a leer porque sí, valga el retruécano. Como sugería Camus, un hombre rebelde es aquel que puede decir "No" (claro que si mis alumnos se niegan a leer una sola línea de las lecturas sugeridas durante el semestre, no serán jóvenes rebeldes ni nada sino estudiantes reprobados. Hay niveles). Por eso el lector del No tendrá como consigna principal atacar con vigor esa patraña de los grupúsculos de la ignorancia que reza "lee todo lo que te caiga en las manos", no importa que sea un misil inteligente israelí. Los lectores del No deben abanderar como causa el escepticismo, la duda; evitar ver las cosas como cristalinas. Al abrir un libro hay que considerar por principio que éste se puede incendiar en las manos. El lector del No deberá asumir con solidez su hesitación ante el entorno y tirar a la basura el volumen regalado cuando le digan "Me dijeron que está muy bueno; yo vi la película".

El lector del No se vanagloria de otras cualidades, entre ellas que jamás leerá un libro en la playa, sobre todo cuando hay gringos. Mirad. El pueblo gringo es un pueblo lector, de basura, claro, pero lector. Un gringo se distingue en la playa no sólo por su blondez sino porque está leyendo un bestseller que tiene entre ochocientas y mil páginas (al terminarlo lo dejará en el cuarto del hotel o en el asiento del avión. Los libros para ellos son objetos de uso personal y ya. Si alguien más quiere leerlo que lo compre, que le cueste). El nombre del autor del libro está en letras doradas o plateadas tres veces más grandes que el título (todo lector del No desechará al instante asunciones como "leo todo nuevo libro de José Saramago". Un lector del No tiene, por una cuestión natural, la lista de libros de Saramago que no hay que leer, ergo, más de la mitad de sus publicaciones). Leer en la playa es como aquéllos que se vanaglorian de leer en bicicleta o parados de cabeza. La única manera de diferenciarse de un gringo es no leer en la playa, es más: ni siquiera hay que llevar libros al mar. Lo ideal en la arena es beber vodka tonics campechanos hasta no distinguir el horizonte. El lector del No no necesita que lo vean con un libro entre las manos para que digan de él: "Mira qué inteligente es: está leyendo".

La lista de literatura del No o sus circunstancias es amplísima. No haré un recuento completo porque mi tiempo es oro y no voy a trabajar fuera de la jornada laboral, pero pondré a consideración un breve compendio porque estas fechas me inspiran un enigmático e incomprensible espíritu de bonhomía. No hay que leer ningún nuevo libro de Carlos Fuentes de aquí en adelante; tampoco las ediciones de lujo que han salido por motivo de su año ochenta (mirá que de repente lo mejor es morirse joven). Jamás lea a Edgar Allan Poe en francés, mucho menos en la traducción de Baudelaire. Evite, en la medida de lo posible, abrir libros que tengan en la portada nombres sospechosos como Friedman, Huntington o Fukuyama. Si se tienen tendencias suicidas no hay que revisar ni una línea de Isidore Ducasse, el gran conde de Lautréamont (él sí murió joven). Nunca en su vida compre un libro de Raymond Carver en una traducción española; es más: no lea ninguna traducción española, mucho menos de la editorial Anagrama. Pasados sus 22 años, y salvo Muerte sin fin y Jorge Cuesta, dígale que No a los Contemporáneos. Si usted es maestro de literatura en una universidad seria (y ésta es una observación de salud mental que le ayudará a mantenerse en sus cabales), jamás lea el poema que algún alumno kamikaze deslice por la parte septentrional del escritorio al son de "Es mi último soneto, maestro. Me gustaría que lo leyera and give me notes" (Mirá que la insololencia es doble: las Notas sólo se escriben en la Del Valle para un blog mediocre). Hay que aullar un No rotundo a las flamantes novelas de García Márquez, cualquier libro de Ángeles Mastretta, Carmen Boullosa o Laura Esquivel y toda la obra de Enrique Krauze (si es que se le puede llamar "obra"). Esquive también la lectura de articulistas de periódicos como El Universal, Milenio y Crónica. Asimismo, no lea nada que empiece así: "La verdadera historia de..." (salvo la de Bernal Díaz del Castillo, naturalmente, aunque eso de verdadera es un vulgar ardid publicitario del conquistador: ¡la escribió cincuenta años después de que "ocurrieron los hechos"! Me encantan las frases tautológicas; otra muy buena es "se trata de un acontecimiento histórico" o "lapso de tiempo"). Desconfíe cuando le digan: "Ay, como tú eres escritor, pensé que lo mejor era regalarte un libro. Espero que no lo tengas [como si fueran estampitas]. Toma" (y el "toma" es la soberbia bofetada cuando uno ve el libro. A mí una vez me regalaron uno de Armando Hoyos y mi sonrisa al recibirlo se recuerda a menudo por ser la más hipócrita de la ciudad de México en el año 99). Ante esta frase ni siquiera abra el presente: tírelo tal cual a la basura o úselo en la chimenea o límpiese con él.

Un último consejo para convertirse en un gran lector del No: jamás, ni siquiera por error, aunque sean las últimas líneas en una isla desierta; aunque tenga una pistola en la sien que lo obligue, se le ocurra leer a un bergante malnacido llamado Carlos Antonio de la Sierra.

CAS

Tomado de Del Valle Notes